LAS ESCUELAS LÓPEZ VICUÑA y MARIA INMACULADAEDUCAN EN LA IGUALDAD Y EN LA EXCELENCIA.

Vicenta María López y Vicuña nació en Cascante (Navarra) en 1847. A los diez años, se trasladó a Madrid para poder recibir una mejor educación. Allí entró en contacto con una obra social que llevaban adelante sus tíos, acogiendo a muchachas que, en plena revolución industrial, se trasladaban a la capital en busca de trabajo, que bien no hallaban o perdían con facilidad, quedando abandonadas a su suerte en la gran ciudad con el riesgo de sucumbir a diferentes peligros.

Años más tarde, Vicenta María decidirá consagrarse a Dios y continuar la obra de sus tíos, ofreciendo a estas jóvenes hogar, formación y trabajo. Su afán será procurarles cultura y profesión, trabajando con ellas de manera preventiva y poniéndolas, de este modo, “en camino de santidad”. Para continuar esta obra fundó las Religiosas de María Inmaculada.

Desde entonces, la educación de las jóvenes, hoy ampliada también a los jóvenes, forma parte de nuestra misión en la Iglesia y en el mundo. Por eso, aunque no somos una congregación explícitamente dedicada a la enseñanza, mantenemos escuelas, principalmente de Formación Profesional, aunque también, en algunos casos, impartimos Infantil, Primaria, Secundaria y Bachillerato.

En nuestros centros educamos en la igualdad de oportunidades.  A menudo, acogemos alumnos que vienen de una experiencia de fracaso escolar o sin una adecuada autoestima, porque alguien los convenció de que no servían para estudiar. A estos jóvenes ofrecemos una formación que les permita desarrollar competencias clave para el desarrollo de su vida personal y profesional. Muchos de ellos partirán de nuestros centros hacia la vida laboral, hallando su primer trabajo, y otros muchos accederán a estudios superiores, animados por la educación recibida entre nosotros y por la fe que en cada uno depositamos. La acogida y la proximidad con el alumno son uno de nuestros rasgos distintivos, convencidos de que la educación es la mejor herramienta preventiva,

Por eso, educamos en la excelencia, aunque nunca hemos pretendido seleccionar a los mejores ni formar élites dirigentes. Vicenta María acogía y educaba a jóvenes dedicadas al servicio doméstico, pero quería ofrecerles los rudimentos necesarios para poder desenvolverse en la vida como personas honestas y buenas cristianas. También en la actualidad, procuramos que cada uno pueda creer en sí mismo y, desde la fortaleza de esa convicción, con el adecuado acompañamiento de los profesionales que trabajan en nuestros centros, pueda alcanzar el máximo de sus posibilidades y poner a trabajar todos sus talentos. Formar ciudadanos honrados y buenos profesionales es nuestro mejor caso de éxito.

Y todo esto desde los valores evangélicos, en los que creemos y a los que intentamos dar vida. La fe en Jesús, que animó la vida de Vicenta María, anima también nuestra misión. Trabajamos para que los jóvenes descubran en Jesús a aquél que puede llenar su vida de sentido. En nuestros centros ofrecemos a los jóvenes caminos y experiencias que les permitan conocerse a sí mismos, trabajar su interioridad y, desde ella, dar el salto a la transcendencia. Muchos de estos jóvenes no comparten nuestra fe, no visitan asiduamente una parroquia, por ello somos conscientes de que, tal vez, nunca harán experiencias de fe si no se las ofrecemos nosotros. Nos corresponde sembrar la semilla que sólo el dueño de la mies sabe cuándo y en qué manera habrá de fructificar. Como educadores, compartimos la paciencia del agricultor que hoy siembra pero habrá de esperar a recoger la cosecha. Tal vez, ni siquiera podremos recoger los frutos nosotros mismos, pero sí lo hará la sociedad en la que vivirán y trabajarán nuestros exalumnos.


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